La casa de la paz
CARLOS FRESNEDA desde Crawford (Texas)
18 de marzo.- Hay una casa allá en Crawford que nada tiene que ver con el rancho. Una casa modesta y blanca, al otro lado de las vías del tren, con una Estatua de la Libertad en el jardín y una bandera de la paz colgada del porche. Con las puertas siempre abiertas a todos los que llegan al corazón de Texas para pedirle al presidente Bush que traiga a las tropas de vuelta y ponga fin a la ocupación de Irak.
La Casa de la Paz lleva abierta cinco años, tantos como la guerra. John Wolf, artista y vecino de Dallas, puso el dinero para comprarla y decenas de activistas de todo el país arrimaron el ascua para poner una pica antibélica en el patio trasero del rancho. Cada vez que los helicópteros anuncian la llegada a la pradera del ilustre inquilino, los pacifistas de Texas se movilizan y el pueblo fantasma de 631 almas se convierte por unas horas en bastión de la 'no violencia'.
No, no habrá hoy manifestaciones masivas en Washington, pero la geografía norteamericana amanecerá salpicada de pequeñas gestas simbólicas como ésta.
"Aún quedan islas de cordura en este país", afirma Dave Jensen, que se atreve a pasear por el villorrio con una camiseta negra donde dice 'Arrestad a Bush'. "Estamos aquí para que conste nuestra oposición a la guerra y nuestra absoluta falta de respeto hacia este presidente", proclama Harrison Ward.
John Wolf, el propietario de esta casa que es de todos, recuerda cómo surgió la idea coincidiendo con la vista al rancho de Tony Blair, en la antesala de la guerra. Luego trajeron hasta aquí a Michael Moore con 'Farenheit 911', y finalmente se hermanaron con Cindy Sheehan en aquel verano de resistencia (2005), cuando llegó a circular el autobús de la paz entre la casa y el vecino 'Camp Casey'.
Cientos de pacifistas han acampado en los últimos cinco años dentro y fuera la Peace House, decorada con parafernalia hippie y con reclamos imperecederos: 'La guerra es cara, la paz no tiene precio'. Kay Lucas ayudó a diseñar el laberinto y el jardín de la meditación, y aunque el tiempo ha hecho mella en sus espalda, piensa agotar en Crawford el final de la cuenta atrás: "A Bush le quedan siete campanadas, vendremos todos los meses para recordárselo".
Carl Rising-Moore.
¿Obama o Hillary? El gran debate divide la mesa comunal, donde casi todos eran partidarios del candidato utópico, Dennis Kucinich... "Nuestro gran reto es cómo hacer visible la guerra, ahora que los periódicos y las televisiones se empeñan en recordarnos que Irak va bien", admite Hadi Jawad en la acalorada sobremesa.
Bush no bajará estos días al rancho, demasiado ocupado anda en el rodaje de 'Misión cumplida: segunda parte'. En el cruce más transitado de Crawford, bajo el único semáforro y delante de la tienda de souvenirs Yellow Rose, estará sin embargo el inefable Carl Rising-Moore, con su sombrero texano y su pancarta a prueba de bombas, bocinazos, insultos y falsas promesas: "¡Votad por los que hacen la paz, no por los que hacen la guerra!".